Cuando mis vecinos me dieron una bolsa y me desearon buen provecho, no esperaba encontrar dentro objetos oscuros y duros como piedras. Sin embargo, efectivamente era comida.
Pensaba que iba a recibir una comida casera sencilla. Pero cuando mis vecinos me entregaron una bolsa y me dijeron «¡Buen provecho!», no me imaginaba lo que encontraría dentro. Objetos oscuros y duros, casi como piedras. Sin olor, sin aspecto apetitoso… Y, sin embargo, era comida. Una historia asombrosa que demuestra lo diferentes que pueden ser los hábitos alimenticios de un país a otro.
Un regalo sorprendente de vecinos extranjeros
Todo comenzó con una escena muy sencilla. Mis vecinos, con quienes me comunicaba solo unos saludos en el ascensor, llamaron a mi puerta con una bolsa de comida. Sonrisas, gestos amables, unas pocas palabras con acento extranjero y esta frase: “Buen provecho”.
Fue un gesto amable, pero al mirar dentro de la bolsa, la sorpresa fue total. Dentro había objetos oscuros, duros y fríos, casi como pequeñas piedrecitas o fósiles. Nada que se pareciera a comida común.